Dante's Last Ice Cream

January 30, 2011

Deje todo lo que está haciendo

Filed under: Comics,Reseña — AGS @ 9:45 pm

y póngase a leer comics dominicales!

Después de horas y horas y horas y horas acabo de terminar, para la siguiente semana, diez artículos académicos y un libro de 300 páginas. En las siguientes 24 horas, además, tengo que armar una reseña de 4000 palabras de dicho libro y una presentación de media hora con todo y acompañamiento audiovisual para el seminario de minimalismo (véase post anterior con todos esos números divertidos). [Nadie adivinó el significado de eso, por cierto, así que se perdieron el premio de diez mil millones de dólares. Qué pena.]

Pero bueno, para despejar un poco la cabeza (o para ejercitar las neuronas en un terreno distinto), y en lo que se cuece la pasta, no hay nada como compartir otra más de mis tiras cómicas preferidas.

Ésta es tan buena que se merece su entrada individual.

Es una lástima que no empecé a ver Cul de Sac desde antes de 2010. Estoy seguro que se me han ido historias y chistes buenísimos. Cuando la vi por primera vez hace ya algo de tiempo me pareció extraña y sin sentido –pero esa es justamente una de sus muchas gracias. Poniendo algo de atención, uno descubre que Richard Thompson es probablemente el caricaturista más completo (“redondo”) de esta generación, y el verdadero sucesor de Bill Watterson (Calvin y Hobbes) y todos los verdaderos maestros del género (por ejemplo: Schulz, Quino). Es interesante notar que todos ellos dibujaron niños pequeños con neurosis adultas. Hay muchas razones. A) Los niños son más “fáciles” de dibujar y ofrecen una amplísima “paleta” de expresividad corporal. B) Los niños son “adecuados” para un género artístico que todavía se considera infantil y meramente de entretenimiento. C) Los niños se prestan más fácilmente a historias de malos entendidos, imaginación desbordada, agresiones inocentes y todos los demás “nichos” y estereotipos humorísticos de la tira cómica desde su nacimiento. No hay que olvidar que Mickey y Donald, rufianes en un principio, no tenían más de catorce años. Sin embargo, los grandes maestros también entendieron que D) es posible criticar cualquier cosa si aparentas no poner una cara seria y que E) los problemas adultos (con todas sus facetas detestables y deprimentes) aparecen disminuídos, suavizados y ”caricaturizados” por medio de personajes “pequeños”. Es por eso que el resultado es divertido, incisivo y muy instructivo, todo a la vez. Es por medio del imposible contraste entre ingenuidad perdida e intelectualidad exagerada que estos caricaturistas proyectan sus deseos e inseguridades y nos ofrecen un espejo de una realidad adulta más compleja. Y, sin embargo, también saben expresar las ideas más simples, inocentes y simplonas:

Vean qué maestría. No sabría definirlo de otro modo. Casi casi puedo sentir cómo Alice Otterloop se tambalea enfrente de mí. Siento que estoy sentado a ras de suelo, infraganti (el típico papá con la videocámara), viendo cómo la niña tierna intenta caminar los 50 metros más cómicos de la tarde. Y, en el ejemplo previo, vean qué efectivo despliegue de emociones desfila por el rostro de Alice en tan solo cuatro cuadros. La niña pequeña 1) imparte consejo, 2) exclama, 3) contrasta la pose anterior y 4) es silenciada antes de volver al segundo inciso: una víctima de sus propias fantasías. En la “imitación” del animal veo cristalizada la imagen perfecta de una niña de cinco años: orgullosa de sus descubrimientos, creativa, exhuberante, ignorante de sus propias energías. El paso (encogimiento corporal) de 2 a 3 es fugaz porque probablemente la hija del caricaturista se mueve así de rápido en la realidad. (Algunos padres seguramente lo llamarán trastorno bipolar.) No obstante, a pesar del realismo que se nos presenta, la tira es absolutamente irreal. Es más: ni siquiera se expresa como una tira cómica (una irrealidad) convencional. El chiste no es un chiste, es más bien una situación cómica basada en una premisa que se ha venido desarrollando en tiras anteriores (básicamente: Alice descubre que el pangolín, un tipo de manis, es suficientemente cool y raro para ser el tema de su disfraz de Halloween y se dispone a averiguar todo acerca de él). El punchline es imperfecto: lo “normal” en el género hubiera sido que Alice se contradijera, o que un pangolín real apareciera y dijera algo ingenioso. Pero aquí la portadora del chiste es silenciada y el interlocutor (Dill) es tan ingenuo que es incapaz de emitir una respuesta efectiva: está completamente perdido en la fantasía que ha sido narrada y el punto de la censura –si es que fue hecha con ironía– le pasó desapercibido. Si nos reímos, lo hacemos como observadores en tercer plano y por todo lo que rodea a la situación, no por la situación en sí. Pero no estoy seguro si nos reímos como adultos orgullosos de las tonterías de sus hijos: la mayoría de los adultos que conozco no le encuentran la gracia a esto. (Claro que la mayoría de los adultos que conozco no tienen hijos…) Hay que ser o muy joven de corazón o muy vanguardista para reírse de un sinsentido, y a mi alrededor no veo que haya mucho ni de lo uno ni de lo otro.

Why? Why? ¿Por qué funciona tan bien? ¿Qué es Cul de Sac? Es una historia de niños en un suburbio del este de Estados Unidos, sí, pero no cualquier otra. Si uno lee Foxtrot, por ejemplo, uno está viendo sólo eso: un retrato familiar de la clase media, el show de Bill Cosby en tira cómica. ¡Mira! ¡Todo mundo cae en su lugar! Está el papá, harto de su trabajo e incomprendido por sus hijos, la mamá que se queda en casa escribiendo, el hijo mayor que busca entender a las mujeres, la hija con sus problemas hormonales, el niño geek con su computadora y su mascota idiosincrática. La fórmula se repite y se repite desde hace setenta años. Y es valiosa porque nos presenta un retrato honesto de la cultura y los temas populares de moda, si bien de una forma un tanto idealizada.

Pero los grandes maestros hacen más que eso, insisto. Sus “niños” no caen en los estereotipos esperados.

Peanuts no es sólo la historia de unos niños de suburbio y un perro con personalidad: Peanuts es un agrio comentario de los orígenes de la soledad, la depresión, la inseguridad y la incomprensión entre clases sociales, un breve atisbo cincuentero de los problemas sociales que se denunciarán diez años después. Charlie Brown no es sólo un incompetente de buen corazón: es el hijo de un peluquero que probablemente nunca tendrá una oferta de trabajo en otra ciudad, como el padre de Linus y Lucy; que probablemente nunca tendrá un talento destacado, como Schroeder o Peppermint Patty; y que probablemente nunca acabará de satisfacer a una mascota que claramente adquirió sus gustos bohemios antes, ya sea en el criadero o mientras vivió con su mucho más opulenta pero muy enfermiza dueña anterior. (Todo es cierto y está en la tira. ¿Sabían que Snoopy tiene una colección de discos de jazz y música clásica junto a su mesa de billar?) Charlie Brown probablemente será un joven desadaptado toda su vida. No va a ser Kevin Arnold de los Años Maravillosos, conquistando chicas y preparándose para ser un escritor (ése es Linus). No va a ir a Woodstock en 1968 (Peppermint Patty) ni a unirse a una protesta estudiantil (Lucy). Se va a quedar en su one-horse town empacando cosas en un supermercado y manejando un camión porque esa es su situación académica y económica.

 

Mafalda no es sólo un retrato de la vida clasemediera en una ciudad argentina de los años sesenta: es un continuo comentario político y sociológico de esos años desde al menos seis intelectos o puntos de vista (Mafalda es la voz de la nueva generación educada y cosmopolita, los padres son la vieja generación Blue Collar que veranea en la playa una vez al año y que probablemente se reproducirá en Felipe, Manolito es la juventud tecnocrática-empresarial sin educación humanista, Libertad es la izquierda marxista, Miguelito es la filosofía clásica, Susanita es la respuesta al feminismo).

Y podríamos seguir. Calvin y Hobbes no es sólo sobre las aventuras de un niño con imaginación: es un diálogo personal entre el ego y el superego, entre la creación y la destrucción, entre el deseo de hacer lo que uno quiere por el bien intelectual propio y la necesidad social de contener dichos impulsos.

Pero basta por el momento, simplemente porque Mafalda y Calvin se merecen un análisis mucho más completo en otra ocasión. El punto es que todas estas tiras tienen contenido. Son valiosas porque sus personajes representan un arquetipo social que va más allá del estereotipo de edad. Y, magistralmente, estas tiras también son entretenidas porque no se toman en serio, o saben aparentar artísticamente que no deben ser tomadas tan en serio. Tienen sentido del humor. Y expresividad. Y de todos modos dicen algo real de su sociedad y su gente. Y todo en tres o cuatro cuadros. Ja. Y uno se pregunta, ante esta economía de medios, si tiene sentido escribir un artículo sociológico de treinta cuartillas con notas al pie de página…

Cul de Sac, con todo, es distinto. Como ya lo anticipé, el autor parece menos preocupado en analizar la política de sus tiempos –aunque ciertamente hay algo de “los niños de ahora saben demasiado por la tele y los videojuegos”– o en desmenuzar el inconsciente de sus niños –aunque el hermano mayor vive en su propio mundo misterioso, todavía más hermético que el de Calvin, y probablemente crezca como un psicópata. De hecho, la propia Alice no es tan inocente como aparenta.

Cul de sac es una tira compleja y posmoderna: es ecléctica, erudita, autoreferencial y consciente de la historia de la tira cómica (a veces hay referencias a estilos antiguos). Recoge el lenguaje y las ideas de sus predecesores pero agrega un toque de ridiculez e inocencia muy personal. No es divertida: es divertidísima 8 de cada 10 veces. Está a la altura. Seis estrellas. Vengan las antologías.

1 Comment »

  1. Me encanta tu disertación. Cada día escribes mejor. Cuánto tiempo y cuánta distancia desde las tardes que pasábamos leyendo patos.

    Comment by Uinic — February 19, 2011 @ 10:38 pm

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