El día de hoy falleció el señor Gary Gygax. Para las personas a las cuales les sea completamente irrelevante el nombre, los invito a ponerlo en cualquier buscador y atender brevemente a lo que se dice de su muerte. Una vez que lo hayan leído, lean otra noticia. Cuando se harten de leer, hay que entender lo siguiente: lo que se dice ahí es un insulto para lo que este hombre aportó al mundo, y en un tinte más personal, a un servidor. Su creación no fue una cura contra el cáncer, ni la lepra, ni lo convirtió en millonario, ni resolvió la crisis bélica de un país. Lo que él hizo fue simplemente crear un juego de mesa que gracias a él llego a adquirir una nueva denominación dentro de los tipos de juegos. Lo llaman rol.

No puedo decir mucho más de los que cientos de miles de personas que formamos parte de la subcultura del rol ya han expresado. Lo cierto es que quizás yo no era tan fanático de él como otras personas, pero tengo una necesidad moral de expresar una tremenda gratitud por su invención. Prácticamente todas mis tardes de sábados durante los últimos 12 años han estado dedicadas a interpretar una multitud de personajes y la narración de fantásticas historias gracias a ese simple juego de mesa que él inventó. Creo que realmente hay pocas cosas tan satisfactorias en esta vida como partir de ella sabiendo que hay miles de personas que han vivido vidas distintas gracias a ti. Enhorabuena, Gygax. Sin ti, posiblemente miles de nosotros pudimos haber sido “normales”, y no hay nada peor que lo ordinario o lo cotidiano. Estoy seguro que en el más allá, y por la legacía de creatividad que has dejado, lo único que harás son “criticals” a los jugadores con quien habrás de “masterear”. Yo, “master”, me quito el sombrero ante ti, el primero.