Concerts
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Posted by saghel on 28 Feb 2008 | Tagged as: Concerts
Paseo de la Reforma, 20:35 horas, y el tráfico sigue atorado en el mismo punto al cual llegué desde las 19:55. El semáforo se vuelve a poner en verde como por quincuagésima vez, y de manera metódica, la Land Rover color plata detrás mío sigue pitando. Avanzo cerca de 2 metros, veo a un policía, y le preguntó si cerraron alguna calle. “Una manifestación” - contesta él - ”y un evento en el auditorio joven.” “Un evento en el auditorio” - pienso yo, ofendido, “Un ritual más bien, un aquelarre de fanáticos que comparten algo de tan profundas letras que ese genio musical ha ideado.” Mi iPod toca otra canción de los cientos que ha escrito. “Hurricane” se llama. Crónica más bien hecho canción de una de tantas injusticias del mundo - la historia de Rubin “Hurricane” Carter, aquél que pudo ser “the champion of the world”. Mi corazón se acelera y comienzo a rebasar coches por centímetros. Un carril, luego dos, y el tercero, prueba de coraje al metérmele a un camión lleno de pasajeros enojados, con un conductor que rayaba al borde de la psicopatía. Logro salir de la endemoniada avenida para ingresar en las calles tan propias (y a la vez, tan llenas de baches) de los Virreyes. Avanzo y avanzo sin parar, hasta llegar de nuevo al cruce de la “Autopista del Sur” con ”El Manantial”. Impulsado con los bríos que me dió “Knocking on Heaven’s Door” decido estacionar mi auto en una calle vacía salvo por un malibú viejo. Me bajo. A lo lejos suena la alarma y sigo corriendo por la avenida, pasando entre multitudes grises, sobre terracería (si, en Paseo de la Reforma) y hasta me meto al carril de bicicletas. Tarareo “Forever Young”. 20:47 y a una cuadra del auditorio. Corro a las escaleras. Marco por celular desesperado a otro de los cultistas. Como siempre, no contesta. Llamo al otro. No me escucha. Pasa un minuto y vuelvo a recibir otra llamada. Al unísono veo a una actriz famosa a escasos pasos de mi bajándose de un taxi. “Hasta ellos llegan tarde” - pienso. Aparece un cultista en la entrada. Tomo el boleto. Me manosean (porque nunca son inspecciones realmente) y entramos a paso acelerado a nuestro balcón. La puerta se abre. El santo esta tocando y cantando. “Acaba de cantar la de Lay, Lady Lay” - me comenta mi amigo. “No matter” - le contesto - “mejores vendrán” y con toda mi alma añoro el momento en que cante “Masters of War”. Entro, saludo, observo al santo. Canta una canción que no conozco (porque después de todo, ¿cuál feligrés se sabe todos los salmos de memoria?). Espero paciente, mientras me muevo con brazos y piernas al compás de sus acólitos, digo, sus músicos. Volteó a ver a otro cultista, el más grande de nosotros, y ve como embelesado al ídolo. “Aguanta”, me repito, “Apenas empieza el misal”. Pero viene otra canción. Y otra. Y otra. Y otra. Dejo de bailar. 10 canciones al hilo, y la voz aguardientosa no ha dicho ni una sola palabra que identifique como oración. Volteó y los cultistas están apagados, cabizbajos. Los falsos profetas lo vitorean sin saber que canta. Aplauden sin saber que admiran. Y entonces, una luz en la oscuridad. Un acorde. Luego otro. “¿Será?”, me pregunto. La letra es la de “Like a Rolling Stone”. El acorde no se parece ahora. Es más, ¿cómo decirlo? Feliz. Pasa la canción y me siento como cual Shadow cuando conoce a TV. Se apaga la luz. “¡Otra, otra, otra!” gritan todos. Yo estoy simplemente estupefacto. Luego los cultistas y yo asentamos con la cabeza y gritamos a todo pulmón: “¡Dylan!” “¡Dylan!”. Regresa. Otra vez el mentado pianito. ¿Dónde está la guitarra y sus acordes que hablan de la decadencia humana que denuncian la avaricia, la pobreza y la soledad y exaltan el amor? En mi ira, olvido poner atención a la canción. “Blowing in the Wind”, versión 3.5. Un espanto de acorde. La canción sigue, pero ya no escucho. La iglesia se derrumba. Los cultistas se desvanencen. Me doy cuenta que no soy feligrés y tiro la túnica mientras el idolo se transforma en un amable y elegante viejecillo. ”Mi iPod es mi iglesia”, pienso mientras salgo del auditorio. “Ahí, Dylan sigue vivo”. Lo que ví y escuché, pasó a la historia. Y aún me arrepiento de no haber escuchado “Lay, Lady Lay”.