Figúrese a si mismo tal y como es. Ahora, comience a contar a cuantas personas conoce (procure no hacer demasiado esfuerzo en esto, particularmente si es usted un diletante social). Posteriormente, analice su conducta. ¿Cómo es usted con las personas que conoce? ¿Cómo es su relación con ellas? Inexorablemente, llegará usted a la conclusión de que trata a algunas de ellas de manera distinta que a otras, y aún entre las que trata de manera similar, nunca es igual su relación con una que con la otra.
Dicho esto, póngase a pensar ahora con cuáles de esas personas mantiene relaciones de amistad, con cuáles de trabajo, con cuáles familiares, vecinales, etc. En todas esas relaciones que usted tiene naturalmente hay una variedad de conductas que realiza, y mientras que algunas las lleva a cabo con mas esmero que otras, muy probablemente usted ya habrá encontrado que no actúa de manera similar con su molesto vecino que siempre deja el auto en su cajón de estacionamiento que con su padre, esposa, o amigo. La razón de ello, amén de las consideraciones que cada uno tenga en lo personal, obedece en gran medida a lo que los sociólogos denominan un adoctrinamiento de la condición y la conducta social. Un ejemplo muy típico para nosotros los estudiosos de la conducta y su esquema de incentivos es la conducta de una persona nueva dentro de la iglesia: un niño que no guarda silencio durante un determinado misal puede ser callado de diversas maneras, ya sea que se le vea en señal de reproche por su conducta por la típica señora de noventa años sentada justo en frente del clérigo que habla, por el señor que no alcanza a escuchar y le mete un quedo pellizco al imberbe, o bien, porque simplemente es regañado con un “cállate” por sus padres. En cualquier caso y después de repetidas ocasiones de atender al misal, el niño aprende que su conducta es reprochada por la sociedad de diversas maneras. Si el niño pretende seguir en la comunidad a la que pertenece deberá guardar silencio y eventualmente, por costumbre, asociación, o bien, por un sentido de verdadera convicción al rito, guarda silencio.
Ahora, préguntese usted cuántas conductas no ha aprendido con el paso de los años que se consideran como socialmente deseables a comparación de las que no lo son. Pronto verá que pese a los regaños que ha recibido y la poca aceptación que tienen ciertas conductas, hay conductas que usted sigue llevando a cabo. ¿La razón? Más allá de una patología que usted tenga por morderse las uñas, tener un fetiche por las estampillas, o bien, por picarse la nariz cuando usted cree que nadie lo ve, lo cierto es que en su psique y dada su racionalidad como homo economicus, usted cuenta con una estructura de incentivos que van desde lo que le gusta hasta lo que no le gusta, y entre ellos, usted hace siempre un pequeño balance (aún de manera inconsciente para algunos teóricos) entre dicha gama de opciones a su disposición y asigna sus recursos de manera que obtenga la mayor utilidad posible (es decir, más gusto, o satisfacción).
Pero entre esa gama de opciones, ¿se ha puesto usted a pensar cómo o por qué llegó usted a tener esas vertientes? En lo general y si lo piensa, muchas de ellas son producto de otras tantas opciones anteriores que tuvo y que ahora le han definido un camino en particular de los tantos otros que pudo haber tomado en un tiempo determinado de su vida. Pero tantas otras de las opciones que usted tiene son en realidad producto de una serie de elementos que en realidad en poco corresponden a su propio factor volitivo. En cualquier caso, usted aparenta tener una capacidad de decisión respecto de las opciones que se le presentan, pero, ¿que diría usted si le dijera que muy probablemente, sus posibles opciones son en realidad el fruto de la decisión de alguien más y que las mismas representan el campo de acción determinado por uno o varios terceros? Permítaseme explicar.
En la vida cotidiana, las personas comúnmente sienten que las cosas que hacen o dicen son en realidad producto de su libre albedrío. Esto, en lo general y pese a lo anteriormente dicho, es cierto. De hecho, teóricos del psicoanálisis señalan que de no cumplirse esta condición (el sentimiento de libertad al decidir algo) el ser humano sería como una carcasa. El factor de decisión influye de manera amplia respecto de la psique de los individuos, razón principal por la cual se piensa de manera adversa frente a situaciones a las cuáles nos obligan a estar - una prohibición absoluta de hacer o decir algo en lo general tiene un componente de molestia en todos los seres humanos - salvo claro, el elemento de adoctrinamiento.
Pero, supongamos que para no estar en ese estado de malestar constante, de hecho se atreve uno a pensar que en lo general, uno es libre en las decisiones que toma. Después, uno observa a sus congéneres y descubre que ellos también se sienten libres en las decisiones que toman. Dadas estas dos condiciones, supongamos ahora que usted es capaz de, en algún sentido, influir de manera indirecta en las decisiones de esas personas que lo rodean. Por ejemplo, decide usted salir en una cita romántica con alguién más pese a que usted sabe que esa persona esta saliendo con otra y de hecho, la persona sale con usted en vez de con el otro. Indirectamente, usted esta afectando la conducta de ese otro individuo que no salió con la persona con la cual usted si lo hizo. Pero el truco aquí es que usted no lo hizo de manera directa; no le prohibió a ese tercero salir con la persona. Simplemente, al salir usted con ella, le quitó a alguien más la oportunidad de hacerlo.
Supongamos ahora que la decisión de salir con esa persona la toma usted de manera consciente y con el exclusivo propósito de evitar que esa otra salga con la persona con la que usted sale. ¿Qué esta haciendo exactamente usted? Limitando el campo de acción de otra persona, pero sin hacerlo de manera directa, aunque conscientemente.
He aquí el punto de esta pequeña reflección: el fenómeno de la escasez, aunado con el de la volición, dan como resultado la posibilidad a un individuo de limitar la gama de opciones de otro. La mejor parte es que en el mejor de los casos, ese individuo no sabrá que dejo de salir ese día con esa persona por usted. En el peor, lo sabrá y asumirá que hay una especie de competencia por la persona (siempre y cuando, por supuesto, usted no revele la intención que tuvo al salir con la persona). Unos lo llaman mentir. Otros simplemente ocultar información que por supuesto pudiera verse, según el caso, como información privilegiada. Independientemente del escenario, al no actuar directamente sobre esa persona, usted le da una sensación de libre albedrío a esa otra. Ese tercero no salió con él o ella porque usted se lo prohibiera, sino porque la persona con la que salió decidió salir con usted. No hubo prohibición, sino conflicto de voluntades. Y lo mejor es que parece que la persona que tomó la decisión de salir con usted es la verdadera causante de la situación. Aunque esto es correcto en cierta medida (porqué también esa persona decidió), lo cierto es que lo que pasó en realidad es que usted aprovechó su campo de oportunidad (su atractivo, su charla, lo que sea) para influir la decisión de una persona que a su vez afectó el campo de acción de otra. Con este breve ejemplo, imagínese, de todas las personas en las que empezó a pensar en un principio, ¿a cuántas de ellas a afectado con sus propias decisiones de manera inconsciente?
Ahora piense en la posibilidad de afectarlas conscientemente, con objetivos plenamente estructurados relativos a cada limitación de opciones, con el fin de llegar una meta. ¿Interesante? Ponga ahora un poco de música, pero procure que ambiente sus actuales y economicamente convenientes pensamientos de manera adeucada, dígase un Wagner, un Brahms o para los más intrépidos, Metallica (en concreto, sólo una canción me viene a la mente). Piense en sus objetivos de corto, mediano y largo plazo y como puede hacer que en su entorno, afectar las decisiones de otros lo acerquen más a los mismos. Realice experimentos si así lo desea, porque ya sabe lo que se dice, la práctica hace al maestro. ¿Adictivo? Se llama poder, y su expresión más radical y a la vez sutil se encuentra en decidir que pueden decidir los demás sin sonar o verse como una prohibición. Es más, si logra transformar su decisión a los ojos de los demás como si fuera la decisión de éstos, mi amigo, ha usted encontrado la formula para ser o un perfecto tirano o el mejor hacedor de política pública que existe. Pero ¿y quién controla al controlador que controla? ¿Quién decide por el que decide qué es decidible? El poder, su único maestro y compañero. Paradójicamente, dependiente de nosotros para su existencia.
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